REINVENTAR LA ESCUELA. EL UNIVERSO DE LAS PRACTICAS ESCOLARES (Tomado de Francisco Cajiao R. 2004)

Para qué debería servir la escuela

Aprender

El aprendizaje es antes que nada un ejercicio constante de interacción con el medio circundante que involucra en el ser humano la capacidad sensorial y todas las facultades intelectivas que de manera genérica se denominan “el pensamiento”. Cada nuevo aprendizaje realizado por una persona modifica de algún modo todo lo que ya sabía anteriormente y le permite nuevas experiencias que a su vez transforman, de manera que las cosas que se van aprendiendo en la vida tienen en cierto modo el poder de trazar una especie de camino o de mapa tan individual como las huellas digitales, pues difícilmente dos personas tienen el mismo recorrido de experiencias y por lo tanto es casi imposible que aprendan las mismas cosas del mismo modo.

 Parte del problema en torno al aprendizaje proviene de la asociación corriente entre esta noción tan compleja desde el punto de vista biológico y neurológico y lo que ocurre en los salones de clase de escuelas, colegios y universidades. En estas instituciones, que constituyen el aparato de educación formal, no es tan importante lo que se aprende como lo que se enseña. Por eso, precisamente, existen currículos, estándares, planes de estudio y pruebas de evaluación que intentan verificar que un enorme número de niños y jóvenes aprendieron las mismas cosas, en los mismos tiempos y del mismo modo, sin importar sus entornos ni sus experiencias y necesidades vitales. Por esto resulta tan importante volver una y otra vez sobre lo que significa aprender desde el punto de vista del desarrollo humano, entendido como crecimiento individual y colectivo.

La escuela convencional y los sistemas generales de instrucción están diseñados sobre un modelo que privilegia la mecánica de ciertas habilidades intelectuales como la identificación y desciframiento de signos fonéticos o el comportamiento algorítmico de las operaciones aritméticas, sin detenerse en la capacidad de dar significado individual a la adquisición de estas habilidades. Esto hace parte de un complicado imaginario social que concibe la institución educativa como un gran aparato para enseñar y que, además, funciona bajo el modelo de las máquinas triviales que son aquellas que operan de manera totalmente controlada y predecible, sin dejar ningún espacio a la incertidumbre. El aprendizaje, en este contexto, es el resultado de la agregación de un conjunto de factores organizativos y procedimentales, de manera que cuando una alta proporción de los niños y jóvenes no aprenden lo que se les quiere enseñar se comienzan a buscar las causas en el rigor de los procedimientos (planes de estudio, relación de niños por maestro, materiales, infraestructura, formación de los maestros, modelos de evaluación) y no en la concepción misma del aparato. Si allí no se encuentran las causas, entonces la carga de la prueba, como dicen los penalistas, recae sobre las limitaciones intelectuales o disciplinarias del estudiante que debe repetir años, cumplir sanciones o abandonar la escuela.

Una pregunta interesante que es urgente hacer en los inicios de este siglo es cómo tendría que diseñarse una institución que sea fundamentalmente para aprender y no para enseñar.

A partir de esta pregunta puede especularse sobre nuevos modelos pedagógicos y organizativos que por fuerza tienen que partir de referentes radicalmente diversos a los que hoy priman. En vez de preguntarse qué deben aprender los niños, niñas y jóvenes de todo un país habría que preguntar qué quieren aprender esos mismos sujetos en cada contexto específico, de acuerdo con los retos que les plantea su entorno físico y humano. Un ejercicio experimental sobre este asunto sorprendería a más de uno por la racionalidad, coherencia y pertinencia de lo que pueden manifestar niños y jóvenes a este respecto.

Lo interesante de un ejercicio de esta naturaleza —así sea hipotético— radica en la posibilidad de idear nuevos puntos de referencia basados en la capacidad de reflexión de los alumnos, en el estímulo de su relación emocional con el mundo físico y humano, en dar valor al universo del deseo y en la oportunidad de hacer procesos más libres y creativos de procesamiento de la creciente información a la cual acceden por fuentes enormemente ricas y variadas.

Si algo así se hiciera, ¿cómo tendría que ser una institución educativa?, ¿cuál sería el rol de los maestros?, ¿qué materiales serian importantes?, ¿la organización por edades tendría la misma rigidez actual?

Por supuesto las preguntas se multiplicarían de manera sorprendente con respecto a horarios, ritmos, espacios, disciplina, evaluación… Y aunque parece una exageración, ya los estudiosos de las ciencias cognitivas como Gardner, o de la sociología educativa como Holt, se han preguntado muy seriamente sobre estos asuntos. Hay experiencias fundamentales en este sentido como Summerhill y las escuelas de jóvenes de Makarenko. Freinet abrió mucho camino a la exploración de la educación por el trabajo… En fin, no se trata de propuestas descabelladas. Lo descabellado es seguir haciendo más de lo mismo a un costo social enorme, sabiendo que el barco está haciendo agua.

La experiencia práctica muestra que es totalmente absurdo poner todo el énfasis de la escuela básica en enseñar a leer y escribir a niños y niñas que no ven ninguna utilidad ni experimentan ninguna pasión frente a esta obligación. Entre tanto, la escuela no dispone de ningún medio para explorar lo que saben, lo que les interesa, aquello en que muestran extraordinarias destrezas o las cosas que requieren aprender con urgencia para sobrevivir en medios extremadamente hostiles desde el punto de vista emocional, intelectual y material.

Acerca de makconsultores

Consultora en Gerencia Educativa
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